
Un besamanos dispuesto con gran solemnidad, en el que el Señor aparece en el centro, elevado ante un retablo que actúa como gran dosel, creando una composición claramente ascendente. Esta disposición recuerda el pasaje de la Transfiguración en el Monte Tabor, cuando Pedro propone levantar tres tiendas para Cristo, Moisés y Elías. Aquí, visualmente, esa idea se evoca en la estructura tripartita del montaje: el Señor ocupa el espacio central, mientras a ambos lados se disponen pequeños doselitos simétricos, como si se tratara de esas “tiendas” que enmarcan y acompañan la manifestación gloriosa de Cristo.
El retablo central, elevado y coronado, sugiere el monte, mientras que las velas —dispuestas en altura— refuerzan la sensación de ascensión y de luz que envuelve la escena, evocando la nube luminosa del Tabor.
Cristo se presenta revestido con túnica de seda morada e hilo de oro, subrayando a la vez su majestad y el anuncio de la Pasión, del mismo modo que en el Evangelio la gloria anticipa la cruz.
A los lados, los doselitos no solo equilibran la composición, sino que amplían su significado: junto al Señor aparecen relicarios con reliquias de san Francisco de Asís, san Sebastián y san Jorge. Estas reliquias evocan la presencia de testigos que, como Moisés y Elías en el Tabor, rodean y dan testimonio del Señor. No representan la Ley y los Profetas, pero sí la santidad de la Iglesia a lo largo de los siglos, mostrando que la gloria de Cristo es contemplada y proclamada por quienes han seguido su camino.
Así, el besamanos se convierte simbólicamente en un “Tabor” local: una escena estructurada en torno a tres espacios principales, donde Cristo ocupa el centro y la santidad —representada por las reliquias— lo acompaña, creando una catequesis visual que une la contemplación de la gloria con la comunión de los santos.
